
Hay un día aplastándome por otros que aún me faltan: mi vida subliminal está rindiéndose. En este espacio que me ocupa no cabe más la calefacción. Solo conductos estropeados y tiempo reseco. Me he manchado de fiesta innumerables veces. He visto las marcas de otro diente mordiéndome el aliento. Me he entristecido dentro de esta cama que no sabe de un abrazo más.
Le tengo miedo a la oscuridad: siempre convoca final. Tengo miedo de mi ventana que solo ve pasar voces inútiles. De la mujer que una vez se presentó en mi cuarto cuando tenía once años. Vestía de negro y su risa rígida hacía brillar un arete. Tengo miedo de las pisadas que van detrás de mí y van a coger mi cabeza pronto. Corro de mis miedos para no tenerlos.
El vacío de un amor es la primera muerte: el luto para los muertos que andan en pie. Quiero no remediarme en el sexo de mis padres. Que sean vidrios el espejo de la rabia. Saberme en la mañana inmortal. Encorvarme en la frescura de otro abdomen fértil. Perderme en pensamientos que cuelgan de otro hilo. Sin contrabando de amenazas. Ni portazos de abandono.
Pero para que todo eso pase habré de pasar yo primero. Con el paso menguante y apretando mi boca al pecho, diciéndole: "Corazón mío, te dejo por un silencio que es mejor que el tuyo".






























